BLOG SOBRE JUEGOS DE MESA
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Juegos de mesa y concentración: cómo entrenar la atención sin que parezca deberes
Hay una frase que escuchamos bastante:
“Es que no se concentra.”
Puede ser un niño haciendo los deberes.
Un adolescente con el móvil al lado.
O un adulto que lleva tres minutos escuchándote y ya está pensando qué va a cenar.
La atención no es un interruptor que unas personas tienen encendido y otras no.
Se utiliza, se cansa, se recupera y también se puede entrenar.
Y aquí los juegos de mesa tienen algo muy interesante: consiguen que prestemos atención sin que nadie anuncie solemnemente:
“Ahora vamos a trabajar la concentración.”
Porque si dices eso, media mesa ya quiere huir.
Concentrarse no significa estar quieto mirando fijamente
A veces confundimos atención con silencio absoluto.
Pero concentrarse no consiste únicamente en estar sentado sin moverse.
Durante una partida hay que hacer muchas cosas a la vez:
- recordar qué estamos intentando conseguir,
- seguir lo que hacen los demás,
- esperar nuestro turno,
- detectar cambios,
- tomar decisiones,
- y volver a centrarnos cuando algo nos despista.
Eso último es especialmente importante.
Porque nadie mantiene una atención perfecta durante toda una partida.
Nos distraemos.
Miramos otra cosa.
Nos ponemos a hablar.
Y entonces ocurre algo en la mesa que nos obliga a volver.
Ese volver también forma parte de la atención.
Un juego te da una razón inmediata para prestar atención
Intentar concentrarse “porque sí” cuesta.
En cambio, cuando sabes que lo que haga otra persona puede cambiar tu siguiente jugada, aparece una razón concreta para mirar.
Y eso lo cambia todo.
Ya no estás prestando atención porque alguien te lo haya pedido.
Estás prestando atención porque te interesa saber qué está pasando.
En una partida, perder el hilo tiene consecuencias bastante claras.
Quizá no recuerdas qué cartas han salido.
Quizá interpretas mal la situación.
Quizá llega tu turno y pronuncias la temida frase:
“Espera… ¿qué ha pasado?”
Y cinco personas te miran con una mezcla de paciencia y decepción.
Feedback inmediato.
La memoria de trabajo entra en juego constantemente
La memoria de trabajo es, simplificando mucho, esa capacidad que usamos para mantener información presente mientras hacemos algo con ella.
En un juego puede significar recordar:
- qué necesitas conseguir,
- qué acaba de ocurrir,
- qué regla afecta a esa situación,
- qué opción estabas valorando,
- o qué crees que pueden hacer los demás.
No hace falta memorizar treinta páginas de instrucciones.
De hecho, para trabajar estas habilidades no es necesario que el juego sea complicado.
Muchas veces un juego con pocas reglas pero decisiones constantes obliga a mantener la cabeza bastante más despierta que uno aparentemente más complejo.
Observar a los demás también es concentración
Hay juegos en los que solo importa lo que haces tú.
Y otros donde ignorar a la mesa es una forma bastante rápida de acabar preguntándote por qué todo ha salido mal.
Cuando necesitas observar a los demás empiezas a fijarte en detalles:
qué hacen.
qué no hacen.
qué decisiones repiten.
quién está demasiado tranquilo.
quién tiene esa sonrisa sospechosa de persona que sabe algo.
La atención deja de estar centrada únicamente en tus cartas y se reparte entre diferentes fuentes de información.
Eso convierte la partida en algo mucho más activo.
Esperar turno también entrena algo
Especialmente cuando eres pequeño.
O muy impaciente.
O ambas cosas.
En un juego hay momentos en los que tienes que esperar.
Pero esperar no significa desconectar.
Si lo que ocurre durante los turnos de los demás puede influir en el tuyo, tienes una razón para seguir presente.
Ahí aparecen habilidades como:
- controlar el impulso de intervenir,
- seguir una secuencia,
- anticipar qué harás después,
- y adaptarte si la situación cambia.
Todo esto ocurre dentro de una actividad cuyo objetivo principal sigue siendo pasarlo bien.
Y ese detalle importa mucho.
¿Cuándo deja de ayudar un juego a la concentración?
Cuando elegimos mal.
Si un juego es demasiado difícil, la persona puede perderse.
Si es excesivamente fácil, puede desconectar.
Si los turnos duran una eternidad, la atención se marcha a conocer mundo.
Y si una persona pasa diez minutos esperando mientras otra analiza su jugada como si estuviera negociando la compra de una multinacional, tampoco estamos poniendo las cosas fáciles.
Para mantener la atención ayuda que exista un equilibrio:
- reglas comprensibles,
- turnos razonablemente ágiles,
- algo que observar mientras juegan los demás,
- decisiones frecuentes,
- y consecuencias visibles.
No necesitamos saturar el cerebro.
Necesitamos darle motivos para permanecer dentro de la partida.
La duración importa más de lo que parece
Si queremos trabajar la atención, empezar con una partida eterna no suele ser la mejor idea.
La concentración también se fatiga.
Y cuando el juego se alarga demasiado, llega ese momento precioso en el que alguien empieza a:
- levantarse a por agua sin tener sed,
- preguntar cuánto falta,
- mirar el móvil debajo de la mesa creyendo que nadie lo ve,
- o tomar decisiones completamente aleatorias para terminar antes.
Mejor quedarse un poco corto y querer otra partida que arrastrar la primera hasta que todos necesiten vacaciones.
Por eso los juegos de duración contenida pueden funcionar especialmente bien para empezar.
Una pequeña pausa puede devolver a todo el mundo a la partida
Cuando alguien desconecta, no siempre hace falta corregirlo inmediatamente.
A veces basta con devolverlo a lo que está ocurriendo.
Por ejemplo:
“Mira lo que acaba de hacer.”
“¿Qué crees que está intentando?”
“Ahora te toca. ¿Qué opciones tienes?”
Son preguntas sencillas que vuelven a colocar la atención dentro del juego sin convertir la partida en un examen.
Y esto es importante:
no estamos intentando pillar a nadie despistado.
Estamos ayudando a que vuelva a engancharse.
El error también consigue que prestemos atención
Hay pocas cosas tan efectivas para recuperar la concentración como darte cuenta de que acabas de equivocarte.
Especialmente cuando, tres segundos después, comprendes perfectamente qué deberías haber hecho.
Ese momento de:
“AHORA LO VEO.”
tiene mucho valor.
Porque conecta una decisión con una consecuencia inmediata.
Ya hablamos de por qué el error puede ser útil cuando se juega para aprender en nuestro artículo Aprender jugando: por qué los juegos de mesa son una herramienta pedagógica seria.
La gracia es que el juego permite equivocarse, entender qué ocurrió y tener otra oportunidad poco después.
Sin drama.
Bueno.
Salvo que seas esa persona que sigue hablando de una jugada tres partidas después.
Entonces quizá sí haya un poco de drama.
¿Y si juega toda la familia?
Mucho mejor si elegimos un juego que permita participar a edades diferentes.
Los adultos pueden tener más experiencia, pero los niños muchas veces compensan con una atención sorprendente a detalles que otros han ignorado.
Eso genera algo interesante: todo el mundo tiene motivos para observar.
Y además desaparece parte de la sensación de estar haciendo una “actividad educativa”.
Simplemente estáis jugando.
Si buscas precisamente juegos capaces de funcionar con varias generaciones, puedes consultar nuestra guía sobre juegos de mesa familiares.
CLAVAO: si desconectas, la mesa sigue sin ti
En ZASCA IN GAMES, CLAVAO tiene una característica especialmente útil para mantener a la gente pendiente:
lo que hacen los demás importa.
Cada jugador marca cuántas manos cree que va a conseguir.
Después hay que jugar, observar cómo se desarrolla la ronda y adaptar las decisiones a lo que va ocurriendo.
Porque puedes empezar con un plan estupendo.
Pero la mesa no ha firmado ningún contrato obligándose a respetarlo.
De repente sale una carta.
Alguien hace algo que no esperabas.
Tu maravilloso cálculo empieza a tambalearse.
Y toca volver a mirar, pensar y decidir.
Ahí está buena parte de la gracia.
No basta con preocuparte de tus cartas.
Hay que estar en la partida.
Cómo utilizar un juego para trabajar la atención sin cargarte la diversión
La mejor forma es no convertirlo en una sesión de entrenamiento militar.
No hace falta ir diciendo:
“Esto lo hacemos para mejorar tu concentración.”
Prueba algo mucho más sencillo:
- elige una partida corta,
- elimina distracciones innecesarias,
- explica únicamente lo necesario para empezar,
- deja que las reglas se afiancen jugando,
- y al terminar pregunta una sola cosa.
Por ejemplo:
“¿En qué momento cambió tu plan?”
O:
“¿Qué viste que te hizo decidir eso?”
Ya está.
Dos minutos de reflexión pueden aportar muchísimo más que convertir la partida entera en una clase.
La atención también se entrena disfrutando
Un juego de mesa no sustituye otras herramientas educativas ni convierte mágicamente a nadie en una persona hiperconcentrada.
Pero sí puede crear situaciones donde prestar atención tenga sentido.
Observar.
Recordar.
Esperar.
Tomar decisiones.
Equivocarse.
Volver a intentarlo.
Y hacerlo dentro de una experiencia compartida.
Quizá ahí esté precisamente una de las mejores cosas de aprender jugando.
No necesitas anunciar que estás entrenando una habilidad.
A veces basta con sentarte alrededor de una mesa.
Repartir.
Empezar.
Y esperar a que alguien que llevaba toda la partida diciendo que estaba atentísimo pregunte:
“Espera… ¿a quién le toca?”
ZASCA.